martes, 23 de abril de 2013

Ni más ni menos

Vaya, siéntese. Yo perdí un par de neuronas escribiendo y ud las perderá leyendo. Está advertido.


Mucho se ha discutido sobre el papel que las mujeres deben desempeñar en la sociedad. Cosa muy distinta sería razonar sobre el papel que las mujeres quieren jugar. Porque todos son grandes expertos al opinar sobre lo que creen que debería ser, pero pocos se detienen a preguntar qué es lo que ellas (¿nosotras?) quieren ser.
Se discuten temas como la maternidad, el ser o no ama de casa, el ser o no esposa, el ¿derecho? ¿opción? a tener o no una carrera profesional, el trabajar o no fuera de casa.

Sean honestos. Todos le tiran la gloria a un hombre ejecutivo, exitoso, que estudia una especialización tras otra, que no se haya casado o formado familia a los 30. Y si ya tiene familia, no está mal visto que para conseguir la primera lista, haga de ladito sus obligaciones conyugales y parentales. ¿Y por qué iba a estar mal? Él tiene derecho a superarse.
Pero cuando una mujer lo hace, la cosa no parece tan obvia.

 
Se ven con recelo a Presidentas de Bancos y grandes corporaciones, Ministras, Ejecutivas y cualquier otro cargo que esté “reñido” con las “obligaciones” de la vida doméstica-conyugal-maternal.

Vivimos en un mundo mal llamado moderno, que abraza el machismo bajo la almohada con mucha nostalgia.

Esa es digamos, la posición de la sociedad generalizando. Sin embargo hay una situación más complicada y es la visión que tienen las mujeres sobre ellas mismas.

 
Este post nació por el recuerdo de algunas situaciones, propias y ajenas, que tienen relación con ese “sentirse menos” tan “natural y bonito” de la mujer. (Aclarando por si ud no vio anuncios de shampoo en su infancia, la frase “natural y bonito” viene de un anuncio en donde salía una niña rubia con cabello laaaaaargo y liso y le decían que con el shampoo en cuestión el cabello quedaba así, natural y bonito)

En mi adolescencia no fui noviera. Realmente algunos niños me pidieron ser su novia y yo, no sé si por aburrida o por hacer caso a mis papás, manejaba aquello que me dijeron de que tendría novio hasta terminar la universidad. Y respondía que no y que no.

Uno de ellos fue un joven, porque era un par de años mayor que la edad promedio de la clase, que tenía su novia formal de años, la cual iba un año atrás que nosotros, es decir, ella era un año menor que yo. Todo el mundo cuchicheaba que yo le gustaba al bicho, pero nunca me dijo nada directamente. Un dia de esos que un invoca el famoso “trágame tierra”, la maestra guía del grado me llama para pedirme que fuera más amigable con el muchacho, que yo era una buena influencia para él por mis buenas notas y que si yo le sonreía más de seguro él mejoraba sus notas, porque iba arrastrado. Con la consiguiente cara de what? me retiré al salón y no supe si reir o llorar, o sentir miedo. Pero eso no fue nada, comparado con que un par de dias después, la novia del jovencito me citara en un lugar apartado del Instituto, para decirme que ella sabía que yo le gustaba a él y que como yo era mejor para él que ella misma, se iba a hacer a un lado y me lo iba a dejar porque ella lo amaba y quería que él fuera feliz. Si la segunda planta no hubiera tenido enrejado, capaz y tiro por el barandal a la fulana, por dunda. Con todas las palabras que pude para que le quedara bien claro, le hice entender que a mí su noviecillo no me interesaba en lo más mínimo y que dejara de andar con tonteras, que todas éramos iguales y teníamos el mismo valor como personas. Me dio una pena profunda que la bichita se sintiera menos por el hecho de no tener el mismo rendimiento académico que yo.

 
Años más tarde, en la edad adulta, un señor me contó la historia de su esposa. Tenían problemas y él se había hecho amigo de una señorita, más joven, más voluptuosa y ella se sentía mal por eso. La señora no tenía mayor grado de escolaridad que el bachillerato, tenía un negocio propio del que percibía sus ingresos para apoyar a su esposo, que sí tenía título universitario. Por alguna razón desconocida, esta mujer sentía que, por no tener el mismo nivel educativo, no merecía a su esposo, y estaba dispuesta a hacerse a un lado para que él entablara otra relación con alguien “de su nivel”. Plop! Otra vez.

 
En ese punto en que uno se pregunta ¿qué ondas ahí? Viene la vida y gira la ruleta para el otro lado. En un breve resumen de mi CV, diré que tengo un título universitario y un post grado. Y no tengo maestrías ni otras especializaciones, aunque las busqué en varios sitios recién graduada, porque simplemente no conseguí el financiamiento o no se dieron los tiempos o no fui lo suficientemente aventada como para pedir un préstamo bancario. Eso hizo un amigo y he ahí con su Master...y su deuda =). Aceptada en Universidades de España, México y Canadá para continuar con Maestrías en cosas que me parecían bonitas e interesantes, incluso la de Canadá en Francés, me quedé con el “casi” y no lo realicé. Pero no es algo con lo que me sientra frustrada. No pasó y ya. Y jamás le había dado mayor importancia....jamás hasta que un ente masculino tuvo a bien realizar comparaciones de mi persona con otro ente femenino en el tema del conocimiento. El caballero en mención (aunque quizá caballero quede sobrado...en fin, formulismos) me acusó de poseer un conocimiento muy amplio, pero superficial, apoyado en el simple hecho de que hay muchos políticos a los que no reconozco por su rostro. Es una unidad de medida fantabulosa (no existe, no la busque) si tomamos en cuenta mi extraordinaria capacidad de ver a alguien y pensar “yo sé que lo he visto en algún lado, solo que no sé a dónde”. Es decir, me cuesta recordar rostros. Pero el ente en cuestión quizá quería que, para demostrar mi capacidad mental y ser merecedora de una amena charla, le hiciera el retrato hablado de los 84 diputados, todo el Gabinete y los líderes vivos y muertos de las 14 familias de El Salvador. Y quizá también quería los internacionales, a saber. El patrón de comparación era otro individuo, también mujer (sí, eso de otra mujer se oye peyorativo) cuya “bendición” es estar afiliada a un partido político y tener un trabajo que la posiciona cerca de un par de los candidatos a las Presidenciales próximas. Gran cosa.

El punto es que esta persona trabaja en política y política partidaria que es lo más guácala y como es evidente, cuando termine el periodo de su partido y si no gana las elecciones es tan simple como que se va a quedar sin trabajo. Y yo, puesí, ahi voy a seguir porque mi trabajo no depende del funcionario de turno, sino exclusivamente de mi capacidad y bueno, de que la empresa no desaparezca (como ya pasó una vez, cruz).

Pero no, el punto no era ese. El verdadero punto es que por un breve instante de lapsus brutus, mis pies estuvieron en los zapatos de las otras dos mujeres que relaté al inicio. Por un mísero, pero existente momento, pasó por mi mente la aberración esa de sentirse menos. Especialmente porque en el tal Linkedin la doña tiene su cargo como “Jefa de xy cosas”. No, yo no soy jefa de nada. No tengo personal a mi cargo...aunque en la vida real me toque andar coordinando a docenas de gentes y sea un referente de cómo se hacen bien las cosas en mi ambiente laboral. Pero no, mi cargo no dice Jefa de...



Por un minúsculo instante mi mente me jugó sucio y me sentí menos. Inmediatamente me di una cachetada a “mí misma” y reaccioné. Qué menos ni que WTF. Yo soy tan interesante como quiera mi interlocutor y puedo hablar de muchos temas, algunos los conozco a fondo, otros no, pero no hay un requisito en la existencia donde diga que uno tiene que saberlo todo de todo. Es tan interesante hablar con un Economista sobre el rumbo que tomará el país como lo es hablar con don Juanito que sabe cuidar las rosas y en qué momento se siembra cada cosa. No es justo decirle a don Juanito que es un ignorante por no estar al tanto de los precios del petróleo, porque él sabe, pero sabe de lo suyo. Así como don Economista difícilmente distinguirá con “qué luna” se siembran las rosas.

Y ya, uno no es menos – ni más – que nadie. Ahí el que queda mal parado es el interlocutor, que en el fondo seguramente sí se siente menos, y le encanta andar pisoteando la autoestima de los demás porque es la única forma de estar siempre arriba.

Es duro mantener la moral en alto en un mundo tan atroz. Y ha de ser peor para quienes sienten que se quedaron atrás por no haber pasado por todos los años de escolaridad existentes, y no se dan cuenta que en su equilibrio, saben preparar las comidas más sabrosas que deleitarán a su familia y que la señora del traje sastre jamás podrá igualar.



Abracito para todas, mujeres por igual.

2 comentarios:

Rebeca Martell dijo...

Gracias.

Hoy necesitaba esto.

Clau dijo...

Rebeca: gracias a ud por dejar ver que a alguien sirve lo que aquí se escribe. Perdón por la tardanza en responder, eso que se llama "ocupaciones" me tenía fuera de la vida.