lunes, 19 de diciembre de 2016

Decir adiós

Los que crecimos durante la guerra mucho hemos oído de masacres, desaparecidos, gente a la que nunca encontraron o de la que nunca se supo si está viva o muerta.
Recientemente se han encontrado, gracias a las exhumaciones y al caminar de la justicia, las osamentas de algunas de las víctimas de la masacre de El Mozote.
Durante muchos años que he leído de este tema siempre lo vi con lejanía, como lo que le pasó a alguien más, distante, desconocido, y me generó la empatía digamos "normal" de ver el dolor de otro ser humano. En estos días he aprendido que eso de "sé lo que se siente" es una frase que uno no debería decir a la ligera...es que de verdad, uno no sabe lo que se siente hasta que no le pasó lo mismo o algo muy muy cercano al hecho referido, aunque sea en concepto.
Hoy en mis correos habituales de El Faro amaneció este reportaje, sobre El funeral perpetuo de la masacre de La Joya y ahora puedo decir que, medianamente, los entiendo. No, no perdí a ningún familiar en ninguna masacre de guerra, al menos no a ninguno cercano, el único fue un señor llamado Pedro, que nunca entendí el parentesco que tenía con mi bisabuela, que en mi primera infancia visitaba la casa y luego no llegó más porque "se lo llevaron", sin embargo, lo que en los dias recientes he aprendido es lo que se siente cuando no podés decir adiós.
Todas estas personas familiares de víctimas de las masacres nunca pudieron decir adiós a los que murieron, no tuvieron una tumba que visitar, un cuerpo que ver partir, un saber a dónde están. No poder decir adiós es un sentimiento bien feo. Yo tuve que hacer uso de un crédito de emergencia para poder volver de donde estaba, porque era impensable perderme el funeral de mi padre...y eso que lo hice no con la idea de que venía a un funeral, yo venía con la idea de poder decir adiós...y no pude. 

Pero el sentimiento es ese, no importa lo que tengás que hacer, uno quiere decir adiós. Y a toda esta gente por 35 años le han negado eso, el poder despedirse de su familiar fallecido. Dolor aparte es la forma en que los perdieron. Por eso es totalmente comprensible la señora de 50 años llorando en la vela de su madre, asesinada cuando ella tenía 15, porque no importa que hayan pasado 35 años, ella hasta hoy pudo dejarla ir en paz.