miércoles, 14 de julio de 2021

Democratizar la información

Continuando con la serie de cosas que escribí para la clase, aquí les traigo uno que me costó un poco escribir porque no lo había meditado nunca. En general, entendía democracia en términos políticos, forma de gobierno, nunca lo había asociado al acceso a algo. Ese fue el enfoque de este texto académico, pensar cómo se democratiza la información y qué ha pasado durante la pandemia. 

Espero no aburrirlos, prometo volver con mis bayuncadas próximamente, mientras tanto, pongámonos serios =)

Democratizar es, según el diccionario, hacer democráticas las cosas. En este caso, la cosa bajo análisis es la información. También se dice que la información es poder, principalmente el poder de tomar decisiones. Políticamente se considera a la democracia como “el poder del pueblo”, pero ¿tiene el pueblo realmente el poder? ¿tiene la información para tomar decisiones? Incluso en sociedades que se consideran democráticas por tener gobiernos electos mediante el voto, la respuesta a esta pregunta podría no ser afirmativa. La pandemia de la COVID-19 ha empeorado esta situación.

El nacimiento del internet supuso la globalización de la información en la medida que ésta podía ser transmitida de un lugar a otro sin importar las distancias, el idioma, las fronteras y otros obstáculos físicos que complicaban la transmisión del conocimiento de persona a persona antes de la existencia de la web. Se crearon las herramientas necesarias: computadoras, servidores de internet, fibras ópticas para la interconexión, sistemas operativos, etc. Sin embargo, el hardware y el software por sí mismos no garantizan el acceso a la información; de nada sirve contar con los equipos si no se sabe utilizarlos. Es poco lo que se puede hacer con la información que está al alcance si no se sabe cómo interpretarla.

Lo que la informática produce y distribuye es el conocimiento y la información, que son la base de la estructuración del poder en la sociedad actual (Morales, 1998). Las personas pueden acceder a teléfonos celulares aun en las áreas rurales o comunidades marginales urbanas, sin embargo, se requiere un mínimo de capacitación para hacer uso de las herramientas informáticas en beneficio propio o de la comunidad, para obtener información que eduque, que mantenga viva la economía familiar, que evite enfermedades, que salve vidas. Sin esta capacitación, las nuevas tecnologías se convierten en otro elemento de exclusión social; talvez todos tengan un dispositivo, pero no todos saben qué hacer con él.

Esta nueva forma de exclusión se pone de manifiesto al momento de acceder a la educación a través de la tecnología. La pandemia obligó a cerrar escuelas y universidades y a trasladar las clases a las aulas virtuales. Los que antes de la pandemia podían ser alumnos de la misma institución y gozar del mismo acceso al conocimiento dentro del aula, al trasladarse al campo virtual se convirtieron en individuos categorizados según su mayor o menor comprensión de las herramientas tecnológicas y dependientes de otros servicios en sus viviendas, que antes de la pandemia no les eran requeridos para gozar de información y educación.

La información de calidad sobre la pandemia tampoco llegó a todos de igual manera. Mientras los que ya estaban familiarizados con la búsqueda de información en línea, realización de transacciones comerciales mediante aplicaciones web, uso de herramientas de comunicación virtual y otros elementos derivados de las tecnologías de la información pudieron continuar con la vida cotidiana aun confinados en sus hogares, aquellos que carecen de estas habilidades vieron reducidas sus oportunidades al quedar aislados del mundo en sus diversas modalidades: la comunidad educativa, su círculo de apoyo, sus actividades comerciales y laborales de subsistencia, incluso el acceso a comida y medicamentos.

La pandemia puso en evidencia que la alfabetización digital es privilegio de unos pocos, mientras que las grandes mayorías no cuentan con una visión crítica para asimilar la información, o a veces desinformación, que reciben por las diversas vías que la vida digital ha construido. A falta del conocimiento para comprender el significado de las gráficas que los funcionarios presentan en televisión o se muestran en los periódicos, los ciudadanos son presa fácil de la desinformación a través de cadenas de WhatsApp, post de “fake news” en Facebook o incluso entrevistas televisivas a personajes no aptos para brindar información y que provocan más daño que beneficio con sus aseveraciones.

La información no está democratizada, no llega a todos con el mismo valor. Algunos pueden traducirla y obtener datos valiosos para tomar decisiones informadas; otros no tendrán más remedio que creer al medio de comunicación, al político, al vecino, a la publicación en redes sociales, sin tener parámetros para verificar la veracidad de la información recibida, corriendo así el riesgo de tomar decisiones que les perjudiquen. No todos los ciudadanos pueden ser consumidores de datos capaces de interpelar y utilizar críticamente la información que reciben.

La información tampoco está democratizada cuando los gobiernos la manipulan para su beneficio, para dar una impresión de que su gestión es exitosa cuando los datos podrían mostrar lo contrario. Ocultan información a los ciudadanos, poniéndolos en riesgo, restándoles poder de decisión, o peor aún, haciéndoles creer que están tomando las mejores decisiones cuando en realidad no lo son. Dar informes que no proveen la información completa o que maquillan la realidad puede tener efectos negativos en la comunidad. Las personas relajan las medidas de protección si la información que reciben es que el virus no está activo, que hay pocos casos, que todo está controlado.

Los datos abiertos suponían un avance en el poder de toma de decisión de la ciudadanía, al poder obtener directo de la fuente la información relevante en diversas áreas. Con la pandemia muchas entidades y gobiernos optaron por cerrar los canales que brindaban la información o, en otros casos, imponer múltiples restricciones para proporcionar los datos y entregar solo aquello que les conviene en términos políticos. Algunos investigadores califican la calidad de los datos con las llamadas 5 V: Volumen, Velocidad, Variedad, Variabilidad, Veracidad (Casado-Mansilla et al, 2020).

La información debe proveerse a la ciudadanía en la cantidad suficiente, a una velocidad adecuada, en múltiples formatos y fuentes que permitan su análisis, y, sobre todo, deben ser veraces, confiables. La democratización de la información pasa por tener información suficiente y de calidad para todos, presentada de una forma que la ciudadanía en general pueda interpretarla y asimilarla y con ello mejorar su capacidad de toma de decisiones. Es importante entender que no es suficiente contar con datos abiertos. También deben ser justos y de alta calidad para facilitar su procesamiento y su comprensión no solo por los científicos de datos y los epidemiólogos, sino por la ciudadanía en general (Casado-Mansilla et al, 2020).

Estas son las fuentes bibliográficas que usé para escribir:

Casado-Mansilla, D., González-de-Artaza, D. L., García-Zubia, J. & Ponce, M. C. (2020). La democratización de los datos mejorará la toma de decisiones. Retrieved from http://theconversation.com/la-democratizacion-de-los-datos-mejorara-la-toma-de-decisiones-140366

Morales, S. (1998). Democratizar la información es democratizar el poder y apostar al desarrollo. Revista Latina De Comunicación Social, 6(63-74) Retrieved from https://doaj.org/article/0522003c13cc469694bd6b701df52c9e

 


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